Comenzamos nuestra andadura por la evolución humana de la
mano de quien fue el primer “buscador” de nuestros antepasados, Eugène Dubois.
A pesar de no tener formación paleontológica, tras leer a Charles Darwin y,
sobre todo, a Ernst Haeckel (quien estaba convencido de que debíamos buscar
nuestro origen en Asia), decidió marchar a las Indias Orientales Holandesas (lo
que hoy es Indonesia). Allí desenterró una bóveda craneal a que designó como Pithecanthropus erectus (hombre-mono
erecto) más conocido como hombre de Trinil. Pese a sus esfuerzos por hacer
valer sus ideas, murió solo y sin reconocimiento alguno.
En el continente africano visitamos a Raymond Dart quien
halló otro cráneo en una cantera, esta vez asignado al taxón Australopithecus africanus y conocido
como el niño de Taung. Concluyó que se encontraba ante los restos de una
criatura más simiesca que el hombre de Java a pesar de su gran parecido con los
humanos, y que, por tanto, la cuna del hombre moderno había que buscarla en
África (algo que ya había sido planteado por naturalistas como Charles Darwin
muchos años antes). Esta pretensión encontró un fuerte rechazo debido a la
mentalidad de la época que no podía soportar que estuviéramos relacionados con
los africanos.
Hasta ese momento cada nuevo resto fósil que se encontraba recibía un nuevo nombre genérico y otro específico (haciendo inútil cualquier intento de clasificación), creándose de esta forma una maraña ininteligible y sin sentido de tipos de homínidos. A pesar de que Carl von Linné había sentado las bases de la clasificación taxonómica varios años antes, fue preciso esperar a la década de los sesenta del siglo pasado para que Francis Clark Howell pusiera un poco de orden.
Aunque Bryson no entre en esta cuestión, se hace preciso saber
que la taxonomía es la teoría y práctica de la clasificación de los organismos
y consta de dos aspectos diferentes: primero, es el proceso de clasificar
organismos, clasificación que puede hacerse sobre la base de distintos
criterios; y en segundo lugar, es el proceso de nombrar las unidades
reconocidas según las normas establecidas por el Código Internacional de
Nomenclatura Zoológica. Mientras que nombrar las unidades taxonómicas es un
proceso objetivo que debe seguir unas normas claras establecidas en dicho
código, el reconocimiento de las unidades y su incorporación en la jerarquía es
una cuestión menos rígida ya que las bases de cualquier clasificación depende
de las intenciones de la persona que la realiza. De ahí las discrepancias y
enfrentamientos que, aún hoy, mantienen muchos paleoantropólogos en relación a
la clasificación de los fósiles recuperados.
El trabajo se complica en cualquier caso dada la escasez de
restos y debido también a nuestro desconocimiento de la relación existente
entre las especies extintas. Los análisis moleculares han establecido que la
divergencia entre los chimpancés y los humanos se produjo hace alrededor de 6
Ma. Con estos datos es más sencillo ubicar los nuevos hallazgos del registro fósil
en una línea temporal más o menos definida (por ejemplo, si encontramos restos
fósiles que podemos datar en 6 Ma de antigüedad, sabremos que están muy cerca
del punto de divergencia entre humanos y chimpancés) aunque debemos tener
presente que cuanto más nos acercamos a ese punto de divergencia mayores son
las similitudes entre las especies y, por tanto, más complicada la
clasificación.
Por lo tanto, si damos por bueno que los chimpancés y los
humanos somos primates muy parecidos en bastantes cosas, pero también muy
distintos en otras, habremos de concretar primero cuáles son esas diferencias y
qué papel jugaron en el proceso de separación de ambos linajes. Hoy en día se
postulan dos rasgos anatómicos que son propios en exclusiva de los homininos:
el aparato locomotor necesario para la bipedia y el esmalte dental grueso en
los molares. Por lo tanto, cuando se descubren los restos fósiles de un posible
candidato a ser nuestro antepasado, lo primero que se hace es tratar de
averiguar si cumple alguno de estos dos requisitos.
En la actualidad se reconocen generalmente tres géneros dentro
de la familia homínida (o tribu hominina) que se corresponden con tres zonas
adaptativas: Australopithecus engloba
los primeros homininos que desarrollaron gradualmente el bipedismo; Paranthropus, la rama evolutiva
(incluyendo a los australopitecinos robustos) que colonizaron los espacios
abiertos de la sabana con una alimentación especializada en vegetales duros; y Homo, la rama que evolucionó hacia un
encéfalo más grande y conservó de los australopitecinos algunos rasgos
gráciles, comenzó a utilizar herramientas de piedra y evolucionó hacia una
dieta más carnívora.
Hay un caso concreto en la paleoantropología que supuso un
enorme impacto mediático y llevó el estudio de los fósiles a todos los hogares:
Lucy. Se trata del hallazgo de un esqueleto bastante completo datado hace 3,18
Ma por el equipo de Donald Johanson y cuyas características anatómicas han
permitido concluir que estaba adaptada para caminar sobre sus extremidades
inferiores (era por tanto bípeda), aunque también era hábil trepando a los
árboles. Se encontraba por tanto en un estadio evolutivo intermedio. Muchas de
estas conclusiones siguen hoy en día debatiéndose, lo que demuestra lo
complicado de esta disciplina.
Poco después del hallazgo de Lucy, Mary Leakey encontró unas
huellas fosilizadas en un sustrato volcánico en Laetoli, Tanzania. Por la
datación de las mismas se ha aventurado que quienes las dejaron fueron dos
australopitecinos aunque desconocemos si realmente fueron dos, tres o más
individuos, si pertenecían al mismo grupo o si formaban una familia como en
ocasiones se les ha representado. De lo que no hay ninguna duda es de eran
capaces de recorrer grandes distancias andando.
La situación estuvo más o menos estancada hasta que se a
partir de 2001 se producen en poco tiempo una serie de hallazgos con una antigüedad
estimada que va desde los 7 Ma a los 4,4 Ma: Sahelanthropus, Orrorin y Ardipithecus. Como vemos, están situados
muy cerca del punto esperado de separación entre los chimpancés y humanos y todos
se consideran antepasados nuestros, aunque muchos investigadores ponen en duda
algunas de sus características considerando que son más simios que humanos.
Uno de los puntos clave de nuestro pasado evolutivo estuvo por
tanto en el descenso de los árboles y el comienzo de la exploración de la
sabana africana caminando erguidos. Esta forma de locomoción permitió recorrer
distancias más largas, soportar mejor el calor y dejar libres las manos para la
utilización de armas y herramientas.
Y así, hace unos 2 Ma surgió el género humano y comenzó la
carrera de la encefalización. El aumento del cerebro fue otro de esos puntos
clave en nuestro pasado. El enorme consumo de energía de este órgano precisó
una mejora en la alimentación. Homo
habilis es el primero de nuestros antepasados que utilizó herramientas (aunque
muy simples). Homo erectus se considera
como un punto de inflexión: todo lo que había antes de él era de carácter
simiesco; y todo lo que llegó después de él era de carácter humano. Fue el
primero que cazó, el primero que utilizó el fuego, el primero que fabricó
utensilios complejos, el primero que dejó pruebas de campamentos, y el primero
que cuidó de los débiles y frágiles. También fue de los primeros de nuestros
antepasados que se aventuró fuera de África y colonizó otros ambientes.
En cualquier caso, aunque quedan muchos interrogantes por
resolver, hoy en día se acepta generalmente que a partir de este momento se
produjeron no una, sino varias salidas fuera del continente africano que han
llevado a que el ser humano moderno haya conquistado todos los rincones del
planeta.
Me ha parecido un capítulo algo farragoso. Es cierto que explicar nuestro pasado evolutivo no es nada sencillo y que hay muchos temas que tratar, pero al terminar de leerlo me he quedado con la sensación de una enorme confusión, que se ha limitado a destacar algunos aspectos pero ha dejado de lado tratar de dar un sentido al conjunto,
Mi propuesta para el debate, sin perjuicio de que cada uno ofrezca su visión del capítulo, es que opinemos acerca de qué nos hace humanos, cuáles son los rasgos que destacaríais que nos hacen diferentes de los grandes simios o de otros animales.
Me ha parecido un capítulo algo farragoso. Es cierto que explicar nuestro pasado evolutivo no es nada sencillo y que hay muchos temas que tratar, pero al terminar de leerlo me he quedado con la sensación de una enorme confusión, que se ha limitado a destacar algunos aspectos pero ha dejado de lado tratar de dar un sentido al conjunto,
Mi propuesta para el debate, sin perjuicio de que cada uno ofrezca su visión del capítulo, es que opinemos acerca de qué nos hace humanos, cuáles son los rasgos que destacaríais que nos hacen diferentes de los grandes simios o de otros animales.









