Es muy interesante observar cómo el autor describe las sensaciones que le producen los experimentos que realiza y los libros que lee; la fascinación que provocan en él la lectura de los autores del siglo XIX en los que ya se habla del disfrute de hacer ciencia y se describen muchos procesos químicos que pueden observarse en la vida cotidiana. Después de leerlos, decide experimentar, crearse su propio laboratorio casero, buscar sustancias y material de laboratorio ya que, como él mismo afirma: “Era más divertido, más excitante, hacerlo yo mismo”.
Así, el protagonista aprende cada vez más sobre las leyes que obedecen las reacciones químicas y las características de los elementos, como su número másico y su número atómico. Pasión y aprendizaje.
Para el debate:
- ¿Por qué hay más libros de “Química recreativa” que de “Arte Moderno recreativo”? Si, como muchos afirman, el arte abstracto es muy difícil de entender, y no es accesible a todo el mundo, ¿por qué no se hacen también libros de ese estilo para comprenderlo?
- ¿Creéis que la profesión de científico está relacionada con la diversión o con la pasión?
- Al final del capítulo, el protagonista empieza a coleccionar billetes de autobús en los que, con la combinación adecuada de las letras y los números que aparecen en ellos, consigue una especie de ficha con el símbolo de los elementos y su número atómico. Realiza un juego después del aprendizaje, con el que disfruta enormemente. ¿Pensáis que si el protagonista no supiera esos datos, que están almacenados en su memoria, podría haber inventado ese juego tan creativo?
- Es incuestionable que la mejor manera de aprender ciencia es observar los fenómenos de la vida cotidiana y experimentar por uno mismo todas aquellas cosas que pasan alrededor, pero ¿qué ocurre con los procesos abstractos que no se perciben con los sentidos? ¿cómo se “experimenta” que es la Tierra la que se mueve y no el resto de los astros?
- Por último, ¿qué papel juega la curiosidad en todo esto? ¿se puede hacer ciencia sin tener curiosidad?



